El viento elegido

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Un ligero viento del Sur comenzó a soplar.La señal,quizás había llegado.Masticó el tabaco y lo escupió al mejor estilo Lee Van Cleef sorteando cabos y restos de carnada.Que no habría en toda la ensenada marino más avezado que “El Américano” aunque para él no existieran más cartas náuticas que los naipes del julepe y abusara de la biodramina.Decidió no esperar más e izó la vela tirando con fuerza de su driza.Enfiló su breada embarcación hacia el banco de atunes que bullía con excitación en la lejanía, en su cita anual con el desenfreno y la muerte.Con orgía satisfacción clava el marino el garfio en la suerte mortal del pez.Ancestral lucha de titanes con el Atlántico como testigo.No se cobrará más piezas que las justas de su fortaleza ya en declive. Tras el febril combate el viejo y el mar recobran la serenidad perdida.Mañana volverá a esperar el viento del Sur,aunque ya aceche la sombra del buque atunero japonés.

Sergio López Vidal

Irish rail.

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Cogió el último tren en una ciudad extranjera y dibujó en el vaho de la ventanilla el símbolo infinito repetido por su dedo indice hasta poder mirar al exterior.Qué bella es la lluvia cuando el viaje es guarida y el destino el mar.Imaginó al unicornio cabalgar sobre la fresca turba y beber en los negros lagos.Recordó a duendes y hadas,y volvió a la niñez de sus cuentos.Saludó a la tierra prometida desde el acantilado,y creyó por primera vez.

Sergio López.
Irlanda .Septiembre de 2010.

Lo que quieren.

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El peso del linaje como centinela invisible le advertía en cada uno de los servicios a la comunidad que el destino de los hombres siempre viene marcado por sus herramientas,aunque las suyas cercenaran el camino de otros.Afanado en afilar el hacha para humanizarla y que sólo hiciese falta un certero golpe,recordaba las palabras de su abuelo:”nosotros les damos lo que quieren”¿Pero alguien me preguntó que quería yo antes de ponerme la hoja de acero en mis manos?
El rugido de la plebe ya anunciaba la ejecución siguiente,esta vez de alta cuna,pues ya había recibido propina a cambio de un trabajo rápido y seguro.Los ricos lo pueden comprar todo hasta el último momento.Apretó con firmeza el largo mango del hachón,jaleado por la multitud ávida del espectáculo de la sangre.Levantó con fuerza sus brazos hacia arriba y soltó el hacha que perpendicularmente se elevó hacia el cielo.Se quitó la funesta capucha,miró al público expectante y esperó a que el hacha en su caída abriera en canal su cabeza.Una vez más cumplía con la máxima de la familia:”les damos lo que quieren”.

Sergio López Vidal

La libertad inventada

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Dibuja peregrinas golondrinas en el intermitente cielo de su ventana,compañeras de mil viajes de ida y vuelta al país sin barrotes.Respira el salitre lejano en vientos que le recuerdan su condición de naufrago de la vida.Cierra los ojos porque el oscuro vacío al menos no tiene limites y lo pinta con colores de infancia y sueños de futuro.Abre el grifo del pequeño lavabo en cascada del río que ha de surcar entre alambres de espinos. Y siempre resta menos uno a la hora del recuento carcelario.

Sergio López Vidal

La música abandonada

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Decidió esperar hasta la medianoche despierto para comprobar si la extraña melodía que escuchaba puntualmente cada vigilia,desde que se mudó a principios de 1990 a aquel desvencijado e histórico edificio del extrarradio,era fruto de su duermevela o tenía un origen real.Y en el pactado silencio de aquel arrabal volvieron a sonar los acordes acaso tristes que le habían acompañado de forma fiel en su descanso.Intentó concentrarse para que las musicales notas le marcaran el camino a descubrir,saliendo al húmedo corredor donde se acentuaba la intrigante música.La siguió cual ratón de Hamelín parándose ante la puerta 34 de donde parecía proceder.Giró el pomo de la puerta y ésta se abrió sin dificultad invitando a seguir escudriñando en la penumbra de aquel apartamento.Forzó sus pupilas para adaptarlas a la oscuridad y pudo observar la silueta de una mujer que con indiferencia a su persona tocaba armoniosamente un violonchelo.Se sintió embriagado por la estampa que presenciaba y la pálida belleza de aquella joven,serena y distinta,como de otro tiempo.Se acercó y acarició el lacio pelo de la instrumentista sintiendo el deseo de amarla bajo aquellas repetitivas musicales notas.Jamás había encontrado en su atormentada vida una paz como la que sentía en ese instante,cerró los ojos y se dejó llevar a lomos de la virtuosa melodía.Un tímido rayo de sol sobre su rostro le advirtió de la llegada del amanecer,se reincorporó súbitamente al no oír el violonchelo,y se vio rodeado de viejos muebles tapados con polvorientas sábanas que delataban el abandono del lugar.Ni rastro de la musical muchacha.Buscó cualquier pista sobre lo ocurrido.En el suelo un amarillento periódico llamó su atención.”Debut con éxito de la violonchelista Susan Freid el pasado veinte de Agosto”.Leyó la cabecera del journal:”Universal Gaceta.Año IV.23 de Agosto de 1887″.

Sergio López

La nostalgia del segador

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Al abuelo Sancho le mandan a poner la sombrilla en la primera línea de playa como el Duque de Alba una pica en Flandes,pero a las seis de la mañana.A él no le gusta para nada pisar la húmeda,a esas tempranas horas,arena.”Ya comí bastante polvo en la era”,suele comentar a sus nietos que lo observan como si fuese un animal exótico.A pesar de su renqueante cojera casi siempre consigue la “pole position” en el Gran Premio Yayos Beach.Como servidumbre su familia ha de soportar el estampado floreado—parecen girasoles diría se — y flequillos de su fiel sombrilla,compañera también en las tórridas tardes de siega.Con la fuerza de quien ha desbrozado kilómetros de campo,horada la compacta arena con la punta de su sombrilla tan enrobinada como doblada.Con la satisfacción del deber cumplido regresa con un silencio casi religioso,deseoso de alcanzar el ático B del bloque Z urbanización X ….antes que la barahúnda conquiste cada centímetro de la pequeña playa urbana.Nadie se lo va a agradecer.Le da lo mismo.Abrirá su novela Estefanía,cabeceará cada tres párrafos,mirará al cielo y repetirá:”Si no llueve pronto mal asunto”.

Sergio López Vidal

Enrroque

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Arrojó la carta al fuego y soltó una carcajada.Hay cartas que se escriben para ser enviadas y otras que no tienen mas remite que el remordimiento.Cuando treinta años antes deslizó su pluma por el papel cuadriculado jamás hubiera imaginado la larga vida de aquellas palabras labradas desde el rencor,hoy en día transformado en nostalgia de tiempos rebeldes y altaneros.El largo río de la vida arrastra las tempestades y amansa odios en sus remansos.Leyendo la esquela de su contrincante de ajedrez,se sintió ganador de la última partida.La venganza epistolar tras aquel tramposo movimiento del alfil en el campeonato mundial de ajedrez de 1956 llegaba tarde.

Sergio López

Hey Ho Lets Go

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Se rió a la hora del entierro,tosió para disimular ante las miradas inquisidoras del resto de personas que habían acudido al sepelio.Carraspeó y se recompuso en la rigidez propia del momento.Las palabras del párroco iban acompañadas en las pausas por el réquiem de Mozart en re menor.”Hey ho lets go …they’re forming”.Psiiiisss,por favor un poco de respeto.Abrió los ojos y volvió a adoptar el afligido rostro como la mayoría de los reunidos en el último adiós de Pato Marín,pero pronto su media sonrisa aparecía de nuevo.La ceremonia llegaba a su fin con los llantos de su viuda en aumento.”Que cabrón”.!Qué poca decencia!se santiguaba La Virtu.Y es que en la cabeza de Julián su amigo Pato, no estaba en la caja de pino,sino compartiendo cervezas y otras hierbas,en medio de risas y con su eterna banda sonora The Ramones.Podéis ir en paz.Hey ho lets go.

Sergio López Vidal

Normalidad absoluta

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Lleva más de media hora esperando el autobús número 45, podría ir andando a su destino pero quiere gastar el bonobús,que está punto de caducar.Mira la cartelera del cercano cine,ponen las mismas películas,entretenidas pero aún frescas en su memoria.A las siete de la tarde,partido de fútbol sala con los colegas ,desde hace un tiempo no hay problemas en la reserva del campo.Antes piensa pasar por el supermercado,hay que llenar la despensa,está harto de comer de bote,pero es lo que tiene ser un solitario.Y aprovechar,porqué esta de camino,para entrar a los grandes almacenes con sus eternas rebajas, reclamo ante la falta insistente de público.Mañana comienza el puente de diciembre,pero no se esperan grandes desplazamientos como en otros años anteriores,y la gasolina esta por los suelos,regalada.Gran ocasión para coger el coche y visitar,por fin,las cuevas de Altamira,después de tantos años en lista de espera.Duda si utilizar para el viaje,el deportivo descapotable rojo, el monovolumen última generación,la ambulancia del Samur o el camión de la basura.Se esfuerza por mantener una normalidad en su vida,pero ser el único superviviente al holocausto vírico tiene sus ventajas.
Sergio López

De cine negro

En su profesión de forense una etiqueta a los pies de un cadáver con la palabra “Anónimo” suponía un gran reto.Ya no se trataba solo de saber el cómo sino también el quién.Aquella rubia platino que yacía en la metálica camilla ,voluptuosa y de expresión dura había recibido un fuerte golpe en la base del cráneo.Acaso una prostituta del polígono a merced de chulos y sádicos.No.Sin rastro de relaciones sexuales en al menos las dos últimas semanas.Demasiado tiempo para el mercadeo carnal,aún en tiempo de crisis.Tal vez una víctima de un crimen pasional,de tercera categoría eso si.Las esquirlas incrustadas en el cuello pertenecen a una de esas figuras de resina comprada en los chinos.Una espía eliminada.Tampoco.Demásiada laca y poco Chanel.Acabado el trabajo,lee una novela negra en el metro.Donde siempre aparece una rubia platino y… ocurre algo raro.

Sergio López Vidal