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Eterna

Eterna

Cerró el libro, hay días que leer duele con ese dolor que sólo se cura con una hoja en blanco y el vómito de palabras propias. Se había jurado terminar el último capítulo de la novela en que se había embarcado, tres largos años antes, buscando en la soledad de aquel páramo la inspiración negada en la infame ciudad tan autobiográfica como irreal en las hojas manuscritas de su borrador. Sentirse extraño, ajeno a un lugar, usurpador o incluso hasta invasor aumentaba la fuerza de su imaginación que proyectaba seres impregnados del olor y la invernal contención de una naturaleza que lo rodeaba. Esperaría a la primavera. Siempre.

Sergio López vidal

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