PAPEL PINTADO

PAPEL PINTADO

Casi podía respirar el engrudo con el que su madre pegaba el papel pintado de su habitación, que como un ritual o catarsis anual renovaba llegado el mes de septiembre. Las fotos de la cámara instantánea Kodak daban fe de la casa de las mil pieles. La pequeña Victoria disfrutaba cuando había que retirar el papel del año anterior, despellejando con libertinaje infantil las paredes del pasillo, sacando a la luz: huellas, garabatos y corazones grabados en el yeso descarnado.
Llegó septiembre y mamá no mudo la envoltura del hogar. Ya no habría más engrudo, atrapando para siempre las futuras instantáneas en un encuadre pasado. Quedando soterrado el último “TE QUIERO” bajo la ciega lámina del extrañamente superviviente papel pintado. Y la sonrisa de mamá se convirtió en la mueca indolente de quien no espera ya nada más. Victoria comprendió que septiembre ya no era el mes en el que todo comienza y, que mamá había cambiado el engrudo por silenciosas lágrimas. Y que papá la había cambiado a ella por su secretaria. Y que todo a su alrededor había cambiado salvo el papel pintado.

Sergio López.

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