Hoy no llueve

Hoy no llueve

“Hoy no llueve, no llueve, no llueve” suele avisarte siempre que te ve, como advirtiendo de la suerte que depara el día, libre de la lluvia que arrebata la libertad de quien la calle es su escenario y el sol su principal testigo. Tú sudas el agosto impenitente y él vive su esplendor, con el rostro de bronce y los ojos vivos de luz, alienados de nuestra rutina. Recelan las aceras del hijo del sol, y se apartan los grises pasos de quienes en ellas caminan por la tormentosa existencia de lo correcto. Comparte contigo la brillante oportunidad de gozar de los colores que sólo él parece ver, y tú vuelves a subir la ventanilla del coche. El limpiaparabrisas corta su quemado rostro. Lluvia de verano. Semáforo verde. Mañana quizás tampoco no llueva para ti.

Sergio López Vidal

Fotografía: Eugeni Forcano.Existencialista, 1964

La colada

La colada

Cuando muera cómprame flores de plástico para el nicho y procura que el
mármol sea blanco, no hace falta que sea macael, el abandono siempre se
disimula mejor. No hay excusas porque no hay explicaciones que pedir. Se
acabaron cuando me preguntaste si había mezclado la ropa blanca con la
ropa de color. Te dije que no. Y el rosa se volvió ridículo en mi ropa
interior y cursi en la tuya. Y vestidos de uniforme chillón ya fuimos presos
de la traición continua. Abrigados por el invierno de la apariencia
pavoneamos nuestras mejores pieles de hipocresía, pero cada muda seguía
siendo encarnada.
Ahora velas mi coma, que dicen que es de tercer grado, pero la verdad es
que me esfuerzo en mantener inmóvil mis pupilas tanto como tú en fingir la
desesperación de quien espera el fatal desenlace en una incómoda silla de
hospital. Seguimos mezclando la colada como siempre.
Hay algo de verdad en esta aséptica habitación: el vacío. Un cuerpo inerte
conectado a qué se yo máquinas, y una escondida conciencia, la mía,
burlona y caprichosa en el último acto de la gran farsa. Una estatua sedente,
y un lejano pensamiento, el tuyo, que disfrazado de consuelo, descansa
fuera de estas cuatro paredes.
Una firma. Y habrá terminado lo que hace tiempo dejó de existir. Juegas
nerviosa con el papel del consentimiento y el bolígrafo de farmacéutica
publicidad. Estampa tu rúbrica, y ese umbilical cable será desconectado.
Yo moriré más. Tú me lloraras el tiempo suficiente. Mezclarás rápido la
ropa de luto con la de color. Otra vez rosa.
Quizás entonces mi espíritu se despoje de las prendas mal lavadas y del
atrezo de nuestro terminado vodevil, y navegue las aguas de la sinceridad
que tanto nos faltó. Y quizás, también tú, libre de la réplica de nuestro
teatro, busques la retórica de la verdad en monólogos de autoculpa. Por fin
lavaremos en blanco.
*****
Han pasado ya dos años desde que el accidente en aquel largo túnel me
dejó postrado, y artificialmente asistido. Creo que ahora sí, mi estado
comatoso es de tercer grado, y mi cansada conciencia va espaciándose en el
tiempo igual que tus visitas al hospital. Te llevas mi ropa interior manchada
de la podredumbre de mis úlceras. Y, paciente e incluso abnegada, ante la
mirada compasiva del personal sanitario, vistes mi pesado cuerpo con una
nueva muda. Tan rosa como siempre.

Sergio López Vidal

La ventana de la yaya

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La ventana es ahora un nicho anónimo enyesado en el olvido,un muro entre el hombre y aquel niño que arrojaba los heredados libros de texto por la ya entonces vieja ventana,siempre entreabierta por la hinchada y carcomida madera.La boca del saber siempre retornaba cuadernos y libros en perfecto orden al otro lado de la fachada.Atrapada la memoria de tantas tardes a las cinco.Muda es ahora su biblioteca secreta.Se callaron las salidas del colegio.La yaya pinta de azul y blanco la hinchada madera y apila Matemáticas encima de los demás textos.Sumar siempre es más importante para quien ha tenido tan poco.Y la revolución industrial,un invento del demonio.

Sergio López Vidal

Fotografía: Roberto Almansa Vives.

Las cuentas del sepulturero

Las cuentas del sepulturero

Acostumbra a caminar entre cipreses ,junto al verde de la piedra que parece alimentarse de nuestro último sudor,y al beteado mármol predominante.Siente envidia de aquéllos cuya trayectoria vital cruza de un siglo a otro ,como si este hecho diese a la existencia un valor añadido.Los imagina vestidos de época,refinados y cultos,barnizados de ilustración .Viajeros del tiempo.Su billete ,en cambio fue expedido en los tempraneros años del siglo.Suma imposible .

“1871-1939″.Inicio y fin.Vida y muerte.Resta.Sustrayendo cruel.
Mil operaciones se agolpan en su cabeza.Destreza del vivo.Curiosidad del mortal.Conoce la irremediable media aritmética del duelo.

Tabica el último nicho y sobre el cemento aún fresco, con su dedo marca las iniciales del finado :”J.G.L. 1915-1933”.

Resta .

“Morir no es una ciencia exacta”,piensa mientras baja de la escalera.

Sergio López Vidal