La colada

La colada

Cuando muera cómprame flores de plástico para el nicho y procura que el
mármol sea blanco, no hace falta que sea macael, el abandono siempre se
disimula mejor. No hay excusas porque no hay explicaciones que pedir. Se
acabaron cuando me preguntaste si había mezclado la ropa blanca con la
ropa de color. Te dije que no. Y el rosa se volvió ridículo en mi ropa
interior y cursi en la tuya. Y vestidos de uniforme chillón ya fuimos presos
de la traición continua. Abrigados por el invierno de la apariencia
pavoneamos nuestras mejores pieles de hipocresía, pero cada muda seguía
siendo encarnada.
Ahora velas mi coma, que dicen que es de tercer grado, pero la verdad es
que me esfuerzo en mantener inmóvil mis pupilas tanto como tú en fingir la
desesperación de quien espera el fatal desenlace en una incómoda silla de
hospital. Seguimos mezclando la colada como siempre.
Hay algo de verdad en esta aséptica habitación: el vacío. Un cuerpo inerte
conectado a qué se yo máquinas, y una escondida conciencia, la mía,
burlona y caprichosa en el último acto de la gran farsa. Una estatua sedente,
y un lejano pensamiento, el tuyo, que disfrazado de consuelo, descansa
fuera de estas cuatro paredes.
Una firma. Y habrá terminado lo que hace tiempo dejó de existir. Juegas
nerviosa con el papel del consentimiento y el bolígrafo de farmacéutica
publicidad. Estampa tu rúbrica, y ese umbilical cable será desconectado.
Yo moriré más. Tú me lloraras el tiempo suficiente. Mezclarás rápido la
ropa de luto con la de color. Otra vez rosa.
Quizás entonces mi espíritu se despoje de las prendas mal lavadas y del
atrezo de nuestro terminado vodevil, y navegue las aguas de la sinceridad
que tanto nos faltó. Y quizás, también tú, libre de la réplica de nuestro
teatro, busques la retórica de la verdad en monólogos de autoculpa. Por fin
lavaremos en blanco.
*****
Han pasado ya dos años desde que el accidente en aquel largo túnel me
dejó postrado, y artificialmente asistido. Creo que ahora sí, mi estado
comatoso es de tercer grado, y mi cansada conciencia va espaciándose en el
tiempo igual que tus visitas al hospital. Te llevas mi ropa interior manchada
de la podredumbre de mis úlceras. Y, paciente e incluso abnegada, ante la
mirada compasiva del personal sanitario, vistes mi pesado cuerpo con una
nueva muda. Tan rosa como siempre.

Sergio López Vidal

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