Mariposas de aceite

Mariposas de aceite

La abuela Társila acostumbraba a no echar nunca el cerrojo de la puerta principal ,”porque en esta vida todos estamos de paso y el beso del silencio ha de llegar antes o después “,me repetía con aquellos ojos cuyas pupilas se agrandaban para acostumbrarse a la penumbra de su casa,sólo iluminada por aquellas mariposas de aceite, que nadaban en un esmaltado cuenco situado en el fondo de la alacena .Y su ajado pero afable rostro conjuraba el infantil miedo a la oscuridad que me atenazaba en esas fechas.
Es el día de los difuntos y vuelvo al pueblo a depositar flores en el reposo de los que ya se fueron.Y como todos los años rompo el herrumbroso candado que alguien se empeña en colocar en la desvencijada puerta de la casa de la abuela Társila.Porque sé que en su interior siguen ardiendo las mariposas de aceite.

Sergio López Vidal

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El salón del vals

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El vacío agranda las dimensiones y perturba lo conocido.Recogida la música del último vals en las enormes y aterciopeladas cortinas,guarda el viejo Gatopardo en la retina el delicado compás de un tiempo pasado.La nostalgia arquitectónica siempre es decadente porque los espacios se llenan de recuerdos donde ahora reina el polvo.Sólo ella ilumina la estancia,y Gatopardo abandona su bastón de nácar para el deseado baile.Pretéritos murmullos envuelven a la joven pareja en elogios y envidias cortesanas.
El frío siempre acompaña al eco.El sonido al pisar los cristales de la gran lámpara de araña traicionan el sueño del viejo Gatopardo,que vuelve a apoyarse en su inseparable bastón para no caer.Abandona el salón del vals para perderse en el laberinto del jardín.Mañana volverá a abrir sus puertas.Eterno vals.

Sergio López Vidal

Cambio

Cambio

Octubre de sudor hipotecado y bañadores ya en el altillo.Podrán cambiarnos la hora pero nunca nuestro momento.En la madrugada libre el reloj desmarca la prisa y alarma a mi vecino.La hora dada y el tic tac de mi albedrío.

Sergio López Vidal

UN DIA,FELIZ,LIGERA…..

UN DIA,FELIZ.LIGERA.....

Se atusó la chaqueta aprovechando el reflejo de la puerta giratoria del hall .Ahora estaba impecable. Pensó en su esposa, Marta, quien cada mañana desde hacía cuarenta años depositaba su uniforme de maître sin una arruga de más a los pies de la cama matrimonial.”¡Qué haría yo sin ella!”.

Camino del restaurante saludó a Jacinto el recepcionista, tan veterano como él, y nostálgico de un tiempo de baúles y artistas de variedades. De cuando todos tenían el título de Don y las reservas se hacían con un “hasta el próximo año Don Esteban”. Le preguntó como marchaba su curso de inglés.”A la vejez viruela, querido Sebas. Yes, I do.”

Nada más pisar el salón de estilo art déco del restaurante, escuchó la voz aflautada de Doña Micaela quejándose, como era entrañablemente habitual, sobre la cubertería de su mesa de desayuno.”No se preocupe Señora Micaela, el plato del pan irá a juego con el bajoplato como es debido, no volverá a ocurrir.”Desde el fallecimiento de su esposo, el industrial vasco Don Esteban Irigoyen, la venerable anciana había alargado su estancia estival en el hotel hasta pasar a residir todo el año en la habitación 211 o “La Irigoyen “como era conocida entre los empleados del hotel. A pesar de su situación acomodada, Doña Micaela era aficionada a “coleccionar” cubertería fina, pero al fin y al cabo ya quedaban pocos clientes tan fieles como ella.

A Sebastián le bastaba un sólo recorrido con su experta mirada de trescientos sesenta grados para saber que todo y todos estaban preparados para el servicio del almuerzo. Solía terminar este examen visual en la vidriera del techo de la sala, donde una representación modernista del dios Baco parecía dar su conformidad al trabajo realizado.

Decidió poner el disco de La Traviata en la deliciosa gramola que presidía la chimenea, a fin de contrarrestar un ruido como de maquinaria pesada que se colaba desde el exterior. Cerró los ojos por un instante, y tatareó “un dí, felice, eterea “.Y se sintió, un día más, orgulloso de su obra.

Un grupo de ejecutivos encabezados por un joven de larga melena y cuidada perilla entró al salón, seguramente miembros de alguna convención que tenía su sede en el hotel. Y que solían ocupar todas las plazas disponibles. Sebastián se lamentaba que a veces fueran demasiado ruidosos, además tenía que poner una música ambiental que nada tenía que ver con La Traviata. Como un gran maestro de filarmónica comenzó a dirigir al personar a su cargo en un verdadero baile de gestos e indicaciones consiguiendo que nada ni nadie desentonara en su cometido.

Todo había salido a la perfección. El servicio no había sufrido ningún contratiempo ,salvo un pequeño alboroto ocasionado por integrantes de la convención, que quizás habían abusado del magnífico vino de la casa, y la pérdida de otras dos bandejas, que Doña Micaela añadía a sus trofeos.Era ahora cuando Sebastián se permitía el lujo de desabrocharse el nudo de la corbata, pinchar en la gramola el último acto de La Traviata, y dejarse llevar por el espíritu de Alfredo Germont.Tenía un hora hasta la preparación del siguiente servicio, y como de costumbre subió a la azotea del hotel, donde junto al gran luminoso del hotel tenía su particular pedazo de cielo con la gran ciudad a sus pies.
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Las fuerzas antidisturbios habían tomado los alrededores del edificio del viejo Hotel Navas, cerrado hacía ya diez años, y en la actualidad lugar de residencia de numerosos “okupas”, muchos de los cuales se habían encadenado a los desvencijados balcones de la fachada lanzando consignas a favor de la ocupación del inmueble.
Una brigada de limpieza municipal acompañó a los primeros miembros de la policía que se adentraron en el hotel. Los vecinos habían denunciado en multitud de ocasiones la acumulación de todo tipo de basura y objetos por parte de una anciana, que contestaba de forma vehemente a todo aquel que reprendía su actitud, y con toda seguridad aquejada del síndrome de Diógenes.
Con gran eficacia fue desalojándose el edificio. La maquinaria pesada de demolición rugía impaciente para morder las entrañas del otrora lujoso hotel. Vagabundos y sintecho fueron abandonando sus aposentos en un morboso desfile para los curiosos que se acercaron al lugar. Tan sólo la resistencia de algunos jóvenes dificultó el desalojo. Uno de ellos, que por sus arengas parecía ser el cabecilla, de larga melena y cuidada perilla, fue sacado en volandas y arrestado por los agentes de policía.
Desocupado y acordonado el Hotel Navas se dio la orden de comenzar la demolición de noventa años de historia viva de la ciudad. La implacable pala golpeó sin piedad la esquina superior del edificio.

“¡Pero que hace ese loco allí arriba!”, la voz de alarma de un operario paró el trabajo de destrucción. Junto a la “H” de hotel alguien vestido con un uniforme desgastado, ya falto de hombros para su percha, cantaba a voz en cuello ajeno a todo su alrededor:

“UN DÍ, FELICE, ETEREA….MARTA”