La muerte de Émile Driant (versión extendida)

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Entre el barro que el bélico torno moldea máscaras mortuorias, tu rostro de belleza clorótica,arrastra mi miedo al limo de la inmortalidad,y diluye los grumos lacrimosos de mi perdida mirada.Vuelvo a respirar las frescas praderas donde danzas con los pies descalzos.El dolor se queda fuera .La sangre se licua en rosas con las que corono tu desordenado pelo.Me rio de la muerte temprana porque ni mil vidas serian suficiente para amarte.Metralla del corazón. Maldita trinchera.Absurda guerra.

Émile Driant ,  21 de Febrero de 1916.Verdún

Sergio López Vidal

GAS CIUDAD

rumor

Decidió no dar explicaciones de ascensor ni mirar al techo del rubor. Rompió la convocatoria de la asamblea de vecinos y beso con el carmín de la indiferencia el panel de anuncios del bloque. La infamia es el gas ciudad que alimenta la caldera del escarnio. La ventana indiscreta inventa las perversiones que sólo habitan en el entresuelo de sus mentes. El patio de luces proyecta sombras sobre terciopelo rojo donde sólo hay unos carnosos labios.Lujuria de tendedero.No habrán más lágrimas arrastradas por rumores de hueco de escalera. Angela escucha el susurro de las olas en una caracola y toma el sol desnuda en su terraza.

 

Sergio Lopez Vidal ©

La ciudad de Teo

camino amarilloTeo disfraza las aceras del monótono rojo alicante con las baldosas amarillas del mago de Oz.Transforma el azufre en polvo de las esquinas en el azúcar glass de la casa dulce a la que siempre vuelve. Rompe los espejismos del abrasador asfalto en la certeza de la selva virgen de su desnuda Eva. Barrio original y solaz manzana. Serpentea las parábolas de los nuevos gurús con parabólicas orientadas al satélite del libre albedrío.Para  abandonar  las sombras viajeras que dibuja el humo de autobús en la estación del ayer y seguir el viaje sin más equipaje que un nuevo comienzo.

Sergio López Vidal ©

Nuestra

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Teme su ébolina mirada cuando lindes las majadas que defiende con la indignada derrota de las arterias que la atan al dominio de su sangre, que siempre duele aunque sea venosa y asfixie los lazos de parentesco. Su aniñada pupila ofrendada a la gaiana tierra por el descuido del abuelo Darío, inició la sequía de cultivos y de sus hasta entonces cosechadas vidas. Tuerta la polvorienta muñeca, y el viejo cerró sus párpados colgado de la penitente higuera. Germina la semilla que une para siempre la parcial visión de Teresa con la retina última del ahorcado ascendiente: una tierra de raza. Nuestra.

Ahora, Teresa criba las piedras que entorpecen la siembra con el quebranto de su andrógina espalda, y a los especuladores bloques de hormigón con sus cartuchos de perdigón.

Sergio López Vidal (c)

Por el filo

bigote   Edmundo se sabe distinto. Robada la pieza del puzle que coronaba su sonrisa de defensa, artificial es ahora el rostro despojado de lo cultivado con el encanto de lo virginal. Sometido ya para siempre a la tiranía de cuchilladas traperas, escozores de hombría, lo que más le duele es la orfandad de sus palabras, abandonadas del fleco de la inocencia que tamizaba sus respuestas. Blanquea como un estigma en su tiznado rostro la ausencia de la pelusa de negras cerdas de su primer bigote. Es tiempo de cuchillas.De sangre.

Sergio López Vidal ©