Crimen perfecto

El saxofón de John Coltrane se filtraba a través de la puerta cerrada del despacho, atenuando su jazz contra la madera áspera mientras unos dedos se afanaban en trasformar las notas en palabras golpeando las teclas de una máquina de escribir Olivetti. Tras una ventana cerrada, el tráfico de una mañana laborable era ajeno al
crimen que se cometía en el capítulo octavo de una inédita novela negra.
La música de jazz había dejado de sonar, y el golpe sordo de un premio literario con forma de busto de Ernest Hemingway esculpido en bronce contra un cráneo tuvo una réplica grotesca cuando el cuerpo sin vida de su mujer se desplomó en el suelo.
Hubiera jurado que una última frase se añadió al folio inacabado que atragantaba a su vieja máquina Olivetti.

Sergio López Vidal(c)

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