CUENTO SOBRENATURAL

AHÍ LA TIENE, yo no puedo evitar un escalofrío cada vez que la veo… ¡es su viva imagen!
– ¿La viva imagen de quién? – preguntó Granados mirando de frente, de perfil, de soslayo y guiñando un ojo, el manchurrón de la pared.
– ¡De San Nicodemo! ¿Acaso es usted ciego? – preguntó la señora, pasando la palma de la mano de un lado a otro frente a la cara incrédula de Granados, que se apartó a un lado y desenfundó la cámara réflex con un suspiro tan hondo que llegó al piso de abajo.

– ¿Y ha ocurrido algo más aparte de la mancha? – preguntó el periodista, pensando ya en resolver el asunto por la vía rápida y salir escopetado en dirección a su ruinoso cubículo en la redacción, escribir cuatro párrafos y fichar a la salida -, ¿se oyen ruidos?, ¿cambia bruscamente la temperatura?

– Bueno, ahora que lo dice, la gentuza esa del bar de abajo está armando más escándalo que de costumbre… Y yo, últimamente siento unos calores muy fuertes, como un sofoco. ¿Cree usted que todo eso tiene relación con el santo?
Granados miraba ya a través del objetivo de su Minolta y no se molestó en contestar, simplemente arqueó los hombros y comenzó clic, clic a fusilar la mohosa aparición de la pared de la cocina.

– ¿Y cuándo ponen el programa? – preguntó la señora, de pronto.

Granados se esforzaba por encontrar un ángulo decente de la mancha, alguna perspectiva lo suficientemente parecida a algo, a San Nicodemo o a un señor bajito montando en bicicleta, lo que fuera, pero el trabajo era condenadamente difícil.

– ¿Qué programa, señora? – Granados no entendió la pregunta, y se preguntó si tal vez se había quedado dormido de nuevo.

– ¡Pues el de televisión! ¿Cuál si no? Digo que cuándo saldrá el santo por televisión. Si es a las cuatro de la tarde tendrán que cambiarlo, porque a esa hora tengo la telenovela del canal tres…

– Señora, esto no es para la tele. Yo trabajo para una revista.
Esto saldrá publicado en el quiosco.
La señora de la mancha en su cocina no escondió un gesto de disgusto; su yerno tenía video y podía haberle grabado el prodigio.
Una revista le pareció poca cosa.
– ¡A esa mujer de Bélmez la sacaban por televisión día sí y día también! – protestó la señora – y no me dirá usted que San Nicodemo se merece menos…

Granados Melgarejo observó a su paciencia dar un salto y echarse a la carrera, y si hubiera tenido un volante lo hubiera golpeado con ambas manos como un repartidor de mensajería rápida en medio de un atasco.

– Oiga, señora, no es por ofender… pero su santo no está del todo definido. A lo mejor hay que dejarlo en barbecho unos días, para que cuaje – afirmó con malicia.
La señora de la mancha se encendió de indignación.
Granados se temió lo peor; las guerras más encarnizadas se han librado por fanatismos religiosos. En ese momento sonó el timbre de la puerta y el periodista se vio salvado por la campana.

– ¿Qué hora es? – preguntó la señora, y se contestó ella misma
– ¡las once!
La señora se marchó sin mediar palabra y al instante volvió acompañada de tres mujeres que portaban estampitas del santo,
rosarios y alfileres en sus chaquetas de punto.

-Vamos a rezarle al santo – afirmó la señora muy ufana,
disponiendo las sillas de la cocina frente a la mancha de la pared –
haga usted el favor de retratar al santo y no molestar, que esto es una cosa muy seria.
Granados asintió con la cabeza y se mordió la lengua; eran cuatro contra uno. Las beatas se acomodaron en las sillas y comenzaron a rezar en voz baja. La señora de la mancha se adelantó, junto las palmas de las manos y añadió:

– Todos los días, a las once en punto, el santo se lamenta y llora.

A Granados Melgarejo le pareció que aquel pequeño grupo sectario en torno a un mancha oscura en la pared era ya demasiado, al menos lo suficiente para cubrir un cuarto de página con cuidado de no desmerecer del todo el poco crédito de sus artículos, y se dispuso a
marcharse.
Pero en aquel instante lo escuchó; era un gemido agónico, sobrecogedor, como si alguien soportara sobre sus hombros todos los pesares del mundo y que parecía filtrarse directamente a través de la pared.

– A veces parece que aúlla… – apuntó la señora de la mancha, toda ufana, apreciando el cambio de expresión en el rostro de Granados Melgarejo.

El periodista se sintió avergonzado de haber dudado de la mancha oscura y, a tiempo de no perder la ocasión de capturar el prodigio, extrajo de uno de los bolsillos de su chaleco patentado de reportero una grabadora digital.

– Ave María, llena eres de Gracia… – exclamaron todas las mujeres a la vez.
Un sonido sibilante siguió a los lamentos del santo, y de sus ojos – Granados se esforzó por ubicar los ojos en algún punto de la mancha informe – brotaron lágrimas.
Granados apostó de nuevo un ojo tras la cámara y clic, clic se desató en un sinfín de fotografías del portento.
Tras él, una de las beatas preguntaba en voz baja cuándo se emitiría el programa.
                                ***
– ¿BAJA USTED? – le preguntó un señor orondo, que ocupaba la mitad del camarín del ascensor.
Granados Melgarejo confirmó que compartían el mismo destino, la planta baja, y se arracimó en el ínfimo espacio que quedaba por ocupar.

– ¿Vive usted en esta finca? Su cara no me suena… – inquirió
el señor orondo.
– Soy periodista – respondió Granados – ¿conoce usted a la propietaria del cuarto derecha?
– ¿La beata? – apostilló el señor orondo con sorna – ¡no me hable! Ahora les ha dado por rezar todos los días justo cuando me escapo de la oficina para ir al excusado. Soy de tránsito lento, ¿sabe usted? Y no vea… los tabiques son de papel y no es plato de gusto
aposentarse en el trono entreavemarías y padrenuestros.

Granados Melgarejo sintió desencajada la mandíbula.
– ¿Se encuentra usted bien, muchacho? – preguntó el señor orondo, con gesto preocupado – le veo a usted macilento… Eso va a ser el vientre, ¡se lo digo yo!
Granados se limitó a sonreír, observó que las puertas del ascensor se abrían en el descansillo de la escalera y se limitó a decir:
– Debería usted revisar las cañerías del baño…
El señor orondo arqueó las cejas.

– … igual tiene una fuga.

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CUENTO SOBRENATURAL

AHÍ LA TIENE, yo no puedo evitar un escalofrío cada vez
que la veo… ¡es su viva imagen!
– ¿La viva imagen de quién? – preguntó Granados mirando de
frente, de perfil, de soslayo y guiñando un ojo, el manchurrón de la
pared.
– ¡De San Nicodemo! ¿Acaso es usted ciego? – preguntó la
señora, pasando la palma de la mano de un lado a otro frente a la
cara incrédula de Granados, que se apartó a un lado y desenfundó la
cámara réflex con un suspiro tan hondo que llegó al piso de abajo.

– ¿Y ha ocurrido algo más aparte de la mancha? – preguntó el
periodista, pensando ya en resolver el asunto por la vía rápida y salir
escopetado en dirección a su ruinoso cubículo en la redacción, escribir
cuatro párrafos y fichar a la salida -, ¿se oyen ruidos?, ¿cambia
bruscamente la temperatura?
– Bueno, ahora que lo dice, la gentuza esa del bar de abajo
está armando más escándalo que de costumbre… Y yo, últimamente
siento unos calores muy fuertes, como un sofoco. ¿Cree usted que
todo eso tiene relación con el santo?
Granados miraba ya a través del objetivo de su Minolta y no
se molestó en contestar, simplemente arqueó los hombros y comenzó
clic, clic a fusilar la mohosa aparición de la pared de la cocina.

– ¿Y cuándo ponen el programa? – preguntó la señora, de
pronto.

Granados se esforzaba por encontrar un ángulo decente de la
mancha, alguna perspectiva lo suficientemente parecida a algo, a San
Nicodemo o a un señor bajito montando en bicicleta, lo que fuera,
pero el trabajo era condenadamente difícil.

– ¿Qué programa, señora? – Granados no entendió la
pregunta, y se preguntó si tal vez se había quedado dormido de
nuevo.

– ¡Pues el de televisión! ¿Cuál si no? Digo que cuándo saldrá
el santo por televisión. Si es a las cuatro de la tarde tendrán que
cambiarlo, porque a esa hora tengo la telenovela del canal tres…

– Señora, esto no es para la tele. Yo trabajo para una revista.
Esto saldrá publicado en el quiosco.
La señora de la mancha en su cocina no escondió un gesto de
disgusto; su yerno tenía video y podía haberle grabado el prodigio.
Una revista le pareció poca cosa.
– ¡A esa mujer de Bélmez la sacaban por televisión día sí y día
también! – protestó la señora – y no me dirá usted que San Nicodemo
se merece menos…
Granados Melgarejo observó a su paciencia dar un salto y
echarse a la carrera, y si hubiera tenido un volante lo hubiera
golpeado con ambas manos como un repartidor de mensajería rápida
en medio de un atasco.

– Oiga, señora, no es por ofender… pero su santo no está del
todo definido. A lo mejor hay que dejarlo en barbecho unos días, para
que cuaje – afirmó con malicia.
La señora de la mancha se encendió de indignación.
Granados se temió lo peor; las guerras más encarnizadas se han
librado por fanatismos religiosos. En ese momento sonó el timbre de la
puerta y el periodista se vio salvado por la campana.

– ¿Qué hora es? – preguntó la señora, y se contestó ella misma
– ¡las once!
La señora se marchó sin mediar palabra y al instante volvió
acompañada de tres mujeres que portaban estampitas del santo,
rosarios y alfileres en sus chaquetas de punto.

-Vamos a rezarle al santo – afirmó la señora muy ufana,
disponiendo las sillas de la cocina frente a la mancha de la pared –
haga usted el favor de retratar al santo y no molestar, que esto es una
cosa muy seria.
Granados asintió con la cabeza y se mordió la lengua; eran
cuatro contra uno. Las beatas se acomodaron en las sillas y
comenzaron a rezar en voz baja. La señora de la mancha se adelantó,
junto las palmas de las manos y añadió:
– Todos los días, a las once en punto, el santo se lamenta y
llora.

A Granados Melgarejo le pareció que aquel pequeño grupo
sectario en torno a un mancha oscura en la pared era ya demasiado,
al menos lo suficiente para cubrir un cuarto de página con cuidado de
no desmerecer del todo el poco crédito de sus artículos, y se dispuso a
marcharse.
Pero en aquel instante lo escuchó; era un gemido agónico,
sobrecogedor, como si alguien soportara sobre sus hombros todos los
pesares del mundo y que parecía filtrarse directamente a través de la
pared.
– A veces parece que aúlla… – apuntó la señora de la mancha,
toda ufana, apreciando el cambio de expresión en el rostro de
Granados Melgarejo.

El periodista se sintió avergonzado de haber dudado de la
mancha oscura y, a tiempo de no perder la ocasión de capturar el
prodigio, extrajo de uno de los bolsillos de su chaleco patentado de
reportero una grabadora digital.
– Ave María, llena eres de Gracia… – exclamaron todas las
mujeres a la vez.
Un sonido sibilante siguió a los lamentos del santo, y de sus
ojos – Granados se esforzó por ubicar los ojos en algún punto de la
mancha informe – brotaron lágrimas.
Granados apostó de nuevo un ojo tras la cámara y clic, clic se
desató en un sinfín de fotografías del portento.
Tras él, una de las beatas preguntaba en voz baja cuándo se
emitiría el programa.
                                ***
– ¿BAJA USTED? – le preguntó un señor orondo, que
ocupaba la mitad del camarín del ascensor.
Granados Melgarejo confirmó que compartían el mismo
destino, la planta baja, y se arracimó en el ínfimo espacio que
quedaba por ocupar.
– ¿Vive usted en esta finca? Su cara no me suena… – inquirió
el señor orondo.
– Soy periodista – respondió Granados – ¿conoce usted a la
propietaria del cuarto derecha?
– ¿La beata? – apostilló el señor orondo con sorna – ¡no me
hable! Ahora les ha dado por rezar todos los días justo cuando me
escapo de la oficina para ir al excusado. Soy de tránsito lento, ¿sabe
usted? Y no vea… los tabiques son de papel y no es plato de gusto
aposentarse en el trono entre avemarías y padrenuestros.
Granados Melgarejo sintió desencajada la mandíbula.
– ¿Se encuentra usted bien, muchacho? – preguntó el señor
orondo, con gesto preocupado – le veo a usted macilento… Eso va a
ser el vientre, ¡se lo digo yo!
Granados se limitó a sonreír, observó que las puertas del
ascensor se abrían en el descansillo de la escalera y se limitó a decir:
– Debería usted revisar las cañerías del baño…
El señor orondo arqueó las cejas.
– … igual tiene una fuga.

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CUENTO EN FAMILIA

DEL MONSTRUO mecánico descienden dos hombres ataviados con un mono de cremallera de color verde y amarillo. Las bandas reflectantes en sus brazos se iluminan al paso de una furgoneta de reparto de pan. Se despereza la mañana con malas pulgas, sacudidos los chopos sistemáticamente dispuestos a lo largo de la amplia avenida por la acometida del viento.
– Date prisa, Mariano – dice uno de los operarios de aseo urbano, antes llamado basurero; a él le da igual como le llamen, «la basura apesta lo mismo» afirma sin reparos –
Mariano termina de enganchar un contenedor a los enormes brazos del camión y un sonido hidráulico avisa de que va a comenzar el volcado. Resulta monótono la mayor parte de las veces; bolsas de supermercado mal anudadas preñadas de pañales sucios, latas, cartones de leche que son engullidas una tras otra por el monstruo devorador de inmundicia. En contadas ocasiones la tarea depara alguna sorpresa.

– ¡Pero qué…! ¡Aguanta el bicho, Romerales! – exclama
Mariano, con el rostro desencajado – ¿estás viendo eso, tú? – pregunta dirigiéndose al otro operario y señalando con un enguantado y
tembloroso dedo extendido hacia un cuerpo de mujer que emerge de
entre la montaña de basura.
El otro operario asiente, se pasa el antebrazo por la frente perlada de una sudoración fría y habla con una convicción aprehendida a costa de muchas noches.
– Llama a la policía, Mariano – chasquea la lengua – operario de aseo urbano… ¡y un carajo! Esto es la misma porquería de siempre.
Mariano habla nervioso, a través del teléfono móvil, con un agente de policía. Romerales se pregunta en la cabina «qué cuyons estará pasando» en la parte trasera
***
EL TELEVISOR Radiola parpadea durante un instante, como un viejo que carraspea para aclarar la garganta quemada de orujo, y proyecta las imágenes del noticiario contra su pantalla convexa con una solemnidad propia de electrodoméstico vetusto. Ajusta papá el volumen, para no perder detalle.

– …usted fue la primera persona en percatarse de que había un torso de mujer entre la basura… – afirma una joven de cabellos rizados y gesto contenido, a sabiendas de que habla en directo para millones de espectadores. Se dirige al operario de mono verde y
amarillo y franjas reflectantes en sus brazos, que asiente haciendo descender y ascender y descender las enormes ojeras que se dibujan
en su rostro, como de lechuza. La periodista acerca el micrófono al
operario con cara de rapaz nocturna, que lo observa unos segundos
antes de responder, tal vez midiendo la distancia con sus labios cuarteados y rodeados de una hirsuta barba de tres días.
– Le faltaban las piernas – asevera – bueno, para ser exactos,le falta todo de cintura para abajo,ya me entiende.

Debió de ser algo sobrecogedor para usted – afirma la periodista, que pone boca de piñón y arruga el entrecejo; es un recurso de manual, para dar efectismo.
– Estas cosas imponen, claro que imponen – responde el operario -, pero en este trabajo se ve de todo. Hace unos años un compañero se tropezó con un drogadicto al abrir un contenedor; pálido, con los ojos en blanco y con la aguja todavía clavada en el brazo. Fiambre. Avisó a una ambulancia y en cuanto lo sacaron y lo fueron a embolsar ¿sabe usted qué? ¡Se despertó de un brinco, salió
corriendo y todavía lo andan buscando!
La periodista esboza una sonrisa, aprieta todavía más la boca de piñón, con riesgo de succionarse a sí misma, nerviosa, fuera de tema. Agradece la colaboración del entrevistado y devuelve la conexión al estudio. La última imagen del escenario permite vislumbrar, muy al fondo, el bulto inerte que compone medio cuerpo de prostituta dentro de una bolsa para cadáveres. El forense, un cuarentón con calva en forma de tonsura que lleva pajarita, ha anotado en una libreta que vestía una camisa blanca todavía anudada .
– «sobre el ombligo bajo el que se abre la nada», ha pensado – y que, aunque el cabello es rubio, por el color de las raíces – «negrísimas» – la mujer era morena.

En el exterior del televisor Radiola, mamá reparte los filetes empanados.Y papá nos manda a callar otra vez.

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CUENTO CON TRUCO

Una vez que la atmósfera plomiza del desván ruinoso hubo apacentado el huracán de polvo, que lo había envuelto todo en una neblina con olor a moho, pudo continuar el trabajo minucioso de confeccionar un inventario. Hasta el momento daba cuenta de tres baúles con estrafalarios ropajes – había subrayado la palabra «estrafalarios» -, un surtido de pañuelos de colores, dos sombreros de copa, una colección de viejos afiches y carteles publicitarios, varios anillos de metal intercalados entre sí, barajas de naipes y un espejo de cuerpo entero. Fue al apartar a un lado el espejo cuando descubrió una nueva caja, estrecha y alargada, forrada de un raso desvaído que en tiempos debió de ser de un azul intenso, adornado con soles dorados y medias lunas de plata. La consignó como «ítem 32» sin ni siquiera llegar a abrirla; el interés que le suscitaban aquellos objetos acababa, literalmente, en la ordenada numeración del inventario. Y si alguien le hubiera consultado, de manera extra-oficial, naturalmente, habría añadido que tampoco albergaba la menor curiosidad por conocer su contenido pero que, cumpliendo con suobligación, debía cumplimentar el formulario con exactitud.

– Contenido… – citó parafraseando al formulario estándar de inventariado; como costumbre enunciaba en voz alta cada objeto y su descripción, como un forense durante su examen, y en cierto modo sus trabajos eran similares, ambos daban cuenta de los restos finales de una persona, ya fuera su cuerpo inerte o los recuerdos avejentados de un ilusionista anciano carente de todo, hasta de familia – contenido… – repitió, tratando de abrir el pequeño cierre metálico de la caja – … una varita.

Anotó su último descubrimiento con esmerada caligrafía, pese a la falta de luz y los estornudos continuos que le provocaba su alergia, volvió a recorrer con la mirada cada objeto, consultando su equivalente en el formulario, y dio por terminado su trabajo.

– Doy por terminado mi trabajo – recalcó en voz alta, con su docta profesionalidad de forense de desvanes.
¡No se marche aún! – solicitó una vocecilla desde algún punto del desván.
– ¿Quién anda ahí? – preguntó, escudriñando, forzándose en
distinguir alguna silueta en la que antes no hubiera reparado.
– ¡Aquí! – indicó la vocecilla – aquí abajo, en la caja…
Miró en derredor y no vio a nadie; salvo a sí mismo, reflejado en el espejo. Inclinó la mirada y sólo distinguió sus zapatos perfectamente anudados y el ítem 32, caja de raso; contenido, una varita.

– ¡Oiga! ¡Estoy aquí, en la caja! Cójame, haga el favor…
Se sobresaltó al pensar por un instante que la aflautada voz brotaba acaso de la varita de mago, retrocedió, trastabilló con uno de los baúles de ropa «estrafalaria», se apoyó para no caer y en el aire se elevó una nueva nube de polvo.
– ¡Atchús! – estornudó con vehemencia.

– ¡Salud! – le respondió la varita.

– Gracias… – correspondió – ¡un momento! Me he vuelto loco.
Esto no puede estar pasando. Las cosas no hablan. Ni piensan ni…¡nada!

– Oiga, haga el favor, cójame un instante – suplicó la varita –
llevó años dentro de esta caja. Cójame, no sea tímido, y se lo explicaré
todo. No se arrepentirá.
Aturdido, se inclinó y extrajo la varita, sosteniéndola por un instante frente a los ojos. Observándola de cerca parecía de lo más vulgar.

– Tiene usted unos dedos muy suaves, es de agradecer… – dijo de pronto la varita.
Se asustó y la apartó de su cara de inmediato, y la varita proyectó un haz luminoso que inundó la estancia iluminándola por un segundo y haciendo que todo cobrara un resplandor de color violáceo.

– ¡Cuidado! – exclamó la varita – no me agite tan a la ligera.
– Perdón – se disculpó – ¿qué ha sido eso?
– ¿Qué imagina? Pues magia, ni más ni menos,
prestidigitación.
– A la fuerza se trata de un truco replicó.
– Toda magia tiene truco, querido – confió la vocecilla con
aire suficiente – y todo truco, magia. Si me permite disponer de su
habilidad, se lo puedo demostrar. Utilíceme de la siguiente manera,
preste atención, describa un círculo en el aire y en su interior el
símbolo que representa «infinito» ¿lo conoce?
– ¡Por supuesto! – replicó, algo molesto porque un vulgar
palito pretendiera darle lecciones.

Ejecutó las instrucciones de la varita con inusual destreza,
describiendo con ella un majestuoso orbe y en su interior un ocho
horizontal con dos elegantes giros de muñeca. Una suerte de trazos
ígneos seguían el curso de la varita, concentrándose en un punto
elevado del desván y abriendo una especie de vórtice del que surgían
destellos que le recordaron al brillo de la pirita.

– ¡Tiene usted aptitudes para la magia, no cabe duda! –
exclamó la varita.
– ¡Es maravilloso! ¿A dónde conduce? – preguntó,
acercándose al vórtice y sintiendo auténtica curiosidad por primera vez
en su vida.
– Al reino de la magia, por supuesto – contestó la varita –,
puede entrar sin temor alguno.
– Decididamente lo haré – dijo, y se internó en la puerta
luminosa sin dudar un paso. No se percató de que el portal se cerraba a sus espaldas.

La entidad bancaria que había embargado la vivienda se
extrañó de la ausencia injustificada de uno de sus más eficientes 
empleados. Al cabo de una semana envió a otra persona a concluir su
trabajo, que inventarió cada objeto con similar pericia.

Cuando iba a dar por concluido su trabajo escuchó una
vocecilla que parecía surgir de un sombrero de copa.

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CUENTO PROFESIONAL

Observó la espalda desnuda de la concejal de Cultura, la curvatura generosa de sus caderas hundiéndose entre las sábanas de la cama, y no echó en falta un segundo asalto. En realidad hasta se arrepentía de haberse acostado con ella, sobre todo porque la tendría en su habitación toda la noche,
y se arrepentía absolutamente de
haber hecho la pregunta. ¿Cómo se le ocurrió? Fue en mitad del acto,
obnubilado quizás por sus ojos verdes, tan pagado de sí por la euforia de un nuevo cheque y una nueva muesca en su pene.

– ¿Lo has leído?

– ¿Si he leído qué? ¡Uf! No pares…

– El relato, qué va a ser… ¡ah! …lo has leído, ¿no?

– No, de eso se encarga… ¡uf! …el jurado…

– Pero, oye… ¡ah! …tú formabas parte…

– ¡Lo mío es firmarte el cheque, nene!

¡Uf! …no pares y
gánatelo…

Ahora se vestía en silencio, con cuidado de no despertarla, y
se dispuso a quemar la noche a base de buen güisqui en el bar del hotel. Cuando llegó a la barra encontró al presidente del jurado, que había cambiado el anisete por el vodka con tónica.
– ¡Hombre, Sebastián! Le invito a una copa.
Sus ojos estrábicos y vidriosos a causa del alcohol le resultaron perturbadores. Pidió un escocés con hielo y se acomodó a su lado.

– Quiero hacerle una pregunta… – dijo concentrándose en el vaso de güisqui recién servido.

– Usted dirá.

– ¿Qué le pareció?

– ¿La concejal? Bueno… ¡exquisita!
Triunfa usted en todo, qué suerte.

– Hablo del relato. De mi relato.

Sentía que el cheque había comenzado a pesar en su bolsillo, que poco a poco adquiría una consistencia marmórea y temió por las costuras de su chaqueta arreglada a medida.

– ¡Ah! El relato… en fin, usted entenderá que se han recibido más de mil cuentos y claro… el jurado se reúne tan sólo una vez, comemos juntos, después la sobremesa se alarga…
¡Qué le voy a contar a usted, que es un cuentista profesional!

– ¿Quiere decir que no lo ha leído? Pero, vamos a ver…
¿nadie ha leído el relato? ¿Cómo lo han premiado?

– Oiga, Navas, con un currículum como el suyo y parece que es nuevo en estos lares… La secretaria del ayuntamiento abre las plicas, selecciona a los autores más premiados, indaga un poco en Internet… esto es muy importante hoy en día, ya sabe, y el jurado otorga el premio al escritor más laureado.
Hay que justificar el presupuesto
municipal, claro, no se va a premiar a un mindundi – el presidente del
jurado apuró la copa de vodka -. Usted lo tenía todo hecho, claro, es un narrador fuera de serie, el listado de sus premios nos dejó anonadados…

Sebastian Navas observó impasible cómo el presidente del jurado
se levantaba y se encaminaba tambaleante hacia uno de los
ascensores.

– Me voy a dormir, Sebastián, mañana tengo que formar parte de otro jurado…

– ¿Y qué debaten, si puede saberse? – preguntó Navas.

El presidente del jurado se giró, y el estrabismo de su mirada pareció diluirse y concentrar sus pupilas oscuras en los ojos estupefactos de Sebastián.

– ¡Hay mucho que decidir, no crea! Para no ir más lejos, usted casi se queda sin premio …usted remitió el relato con fuente Arial… las bases especificaban claramente que el relato debía presentarse en Times New Roman… – agitó un dedo raquítico en el aire mientras las puertas del ascensor se abrían.
Sebastián Navas escuchó las últimas palabras del presidente del jurado antes de que las puertas se cerraran nuevamente.

-…agradézcamelo…agradézcamelo.

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CUENTO DEL SUR

Desde que el invierno había cedido el santoral a las
onomásticas primaverales, a pesar de transitar las calles de una ciudad
de natural ventosa, los paseos de Arcadio y la ucraniana Anna Fedorova, asidos de la mano, regados de espontáneos besos, habían escapado del presidio del anonimato y puestos en boca de todos. La relación había
salpicado de matices, de pequeños cambios que en su totalidad suponían una transformación mayor que la suma de sus partes, a cuantos orbitaban alrededor del Bar Catalina,donde Anna comenzó a trabajar; Arcadio aplicó una
nueva prerrogativa a su existencia. Se abandonó al amor de aquella
valkiria del Este, de ojos gatunos y acento hipnótico. Podía leerse en el
prospecto del mejunje que utlizaba para oscurecer las canas, en la posología de las pastillas azules para rendir batalla en la trinchera del lecho.
Anna Fedorova paladeó el mundo más allá del sórdido pasillo de luces
rojas, de donde la rescató el maduro gaditano,jugando al mismo juego de sonrisas y miradas tras la barra del bar. Se la veía intangible, elevada a un altar prohibido para los asiduos del carajillo que acometieron la visita al Bar  Catalina con la misma gravedad que la asistencia a misa – sin perdonar un día,participando de la liturgia secreta de admirar su silueta desprendida .

Tomás,dueño del local, se despojó sin tardanza del sonrojo, y entre unos, equis y doses quinielísticos se permitió de tanto en tanto una chanza de cromatografía verdosa. Podía calibrarse en el nivel de la botella de colonia a granel, en el tiempo de acicaladura frente al espejo del baño.

Coherente con la gravedad del estado amoroso, rendido al efecto Pigmalión de las caricias esteparias Tomás asumió necesario levantar acta notarial de los sentimientos que albergaba. Barruntó que dos hijos mayores – bien criados, bien casados y bien empleados – no requerían ya de él mayor atención que su afecto. Por el contrario, le fue difícil cuantificar el cargamento de arrumacos que le sobrevendría al asegurar el porvenir de Anna Fedorova poniendo el Bar Catalina a su nombre. Y así lo hizo.

Anna Fedorova observaba el diligente trabajo de dos operarios, afanados en descolgar el antiguo letrero rotulado de un bermellón desgastado que rezaba «Bar Catalina». Sonrío con los
brazos en jarra, el busto henchido que se ofrecía con un ángulo privilegiado a los trabajadores encaramados a la escalera, mientras éstos fijaban el nuevo cartel. Sus ojos verdes, profundos, brillaron sin disimulo cuando leyó, junto al dibujo de una muñeca de estilo ruso, «Bar Emperatriz
Catalina».

Arcadio dobló la última esquina a tiempo de contemplar la escena, admirado del giro inesperado que a veces toma la rutina más asentada. Se acercó sonriente a Tomás, apostado en la acera de enfrente, posándole una mano sobre el hombro mientras sostenía el periódico aún caliente bajo el brazo opuesto.
No le dio tiempo a hablar.
– No me deja entrar – musitó  como un alma en pena.Arcadio retiró la mano,afectado,temiendo que aquel destierro fuera contagioso. Trató de recomponer el gesto y tender una mano al tabernero. Palmeó su espalda con suavidad, pero sin descuidar su
vista de la entrada del renacido Bar Emperatriz Catalina.
Le preguntó por lo ocurrido.
Tomás  se encogió de hombros, reprimió un sollozo y
exclamó:

– No lo sé. Sólo me ha dicho «Ahora todos fuera…»

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CUENTO DEL NORTE

Conocer las tardes grises, plomizas como un poncho de cantante de rancheras a través de un televisor en blanco y negro, no me había hecho menos vulnerable a la melancolía inherente a los días lluviosos; aún peor. Recordaba la anquilosis del tiempo, el dilatado espacio que se abría entre el mundo y yo en la urbanita Copenhague apostado frente a un café humeante y una novela de Chuck Palahniuk, la cortesía, los memorándum, la mirada cómplice de unos ojos que no había vuelto a descubrir observándome con curiosidad al despertar. Mi ciudad no proyectaba ninguna de aquellas instantáneas propias de una cámara Lomo, más bien se trataba de un video casero, un reportaje filmado por los propios operarios de una empresa de almacenaje de vivencias insulsas sin utilizar trípode y sin limpiar la lente; todo estaba desenfocado, movido… y gris.
Al contemplar mi reflejo translúcido en el mastodóntico escaparate de unos grandes almacenes caí en la cuenta de que antes todo podía medirse en unidades menos dolorosas; la distancia comprendida desde el pequeño apartamento a mi despacho en la consultoría eran un beso de despedida, una llamada apenas un minuto después, un «te quiero, comemos juntos», dos «yo también te quiero» y «yo te quiero más», un sentirse el concentrado residuo de la nada ante la contemplación diaria de la piedra eterna de la Catedral y una parada de autobús. En mi ciudad las medidas eran distintas; contabilicé quinientos treinta y tres pasos solitarios desde una cama
fría a una mesa aséptica de las contaminaciones benditas de una
fotografía o de un post-it con un mensaje garabateado en el interior de
un corazón dibujado con rotulador verde. Me sentía un retornado apátrida, desolado por un enamoramiento de opereta, una suerte de síndrome de Estocolmo, más bien de Copenhague, transitando por las calles que había recorrido una y mil veces y que ahora se habían desdibujado, habían cambiado sus nombres por nuevos nombres o mentían y se hacían pasar por otras y me resultaban extrañas.
En una de aquellas calles tropecé con Yakubu. Ya-ku-bu. Tres sílabas, que tuve que repetir ante la amplia sonrisa perlada de un nigeriano amable que me estrechaba la mano. Ya-ku-bu. Qué irónico se me antojó que hallara tierra en un islote tan lejano y alejado del propio continente del que se separó para medrar a la deriva, yo, que crecí bajo aquel mismo cielo decolorado.
Mi amistad con Yakubu se fraguó a costa de la tarificación constante de minutos a través del cordón umbilical que separaba mis ansias, mi turbación entretejida por medio de postes telefónicos entre mi ciudad y Copenhague. Cada día, a la misma hora, yo marcaba el número de teléfono que en realidad era una clave secreta, quién sabe, un código encriptado que escondía un mensaje de auxilio, de
arrepentimiento. Yakubu hacía lo propio. Yo mendigaba el poso de
un amor distante, convertido a la fuerza en el protagonista de un romance trasnochado. Él era un narrador, de voz profunda y serena.

Ambos convergíamos en la eucaristía postmoderna de compartir un cigarrillo a las puertas de un locutorio de barrio.

– Ya-ku-bu… encantado, yo soy Javier.
– Javier – repetía Yakubu, y su sonrisa se expandía colmando el recipiente anodino del barrio desbordando una inocencia y un candor impropios del mundo que se autoproclamaba civilizado en el fasto de las vallas publicitarias y anuncios de televisión.
Ya-ku-bu leía cuentos a una hija de cinco años, cada día, a la misma hora, y a la que no podía arropar después del final feliz porque ella era una escolar de Lagos y él apilaba ladrillos en una función, sin pase ni público, de malabarismo mortal sobre un andamio anclado al esqueleto de hormigón de un edificio de oficinas de Copenhague. Oficinas que habrían de albergar a contables bilingües huidos del amor
descubierto fuera de casa porque el mundo se le había hecho muy grande y el corazón muy pequeño para albergarlo todo, tanto mundo y tanto amor.

Había empezado a llover cuando me mostró orgulloso su fotografía. Había dejado de hacerlo cuando se despidió de mí.
Regresé sobre mis quinientos treinta y tres pasos una y otra vez y no hallé el camino de vuelta a la sonrisa franca de Ya-ku-bu. Tal vez las calles habían cambiado, tenían nuevos nombres o fingían, no me atreví a desplegar un mapa y cerciorarme de que el cuentacuentos malabarista había escrito el punto y final de una historia sin red, ni papeles, ni contrato ni seguro médico. Regresé a mi ciudad, al regazo
ardiente de un cuerpo que hizo patria del roce de su piel, diciendo adiós a una ciudad que lo sabía todo de mí pero de la que yo no sabía nada.

Al contemplar mi reflejo translúcido en la ventanilla del avión caí en la cuenta de que una niña aguardaba a que su padre le contara un cuento como cada día,a la misma hora.

Sergio López Vidal

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El Goya

A los dos nos unía la pasión por el celuloide.La monotonía de nuestras vidas se tornaba en un mundo multicolor justo cuando se apagaban las luces y del proyector emanaban los primeros fotogramas.Él desde su puesto en la taquilla del cine Avantia, que le permitía observar muchisímo -como un naturalista imagino-.Yo como asistente fijo a la sala en el día del espectador.Así fue forjándose nuestra amistad entre críticas cinéfilas y butacas de terciopelo.

Yo soñaba con ser un director de renombre;Miguelito siempre hablaba del futuro de la industria del cine:”No lo dudes Manolo el futuro es el cine de adultos”. Pero a mí ni las prospecciones futurológicas ni filmar el sexo explícito se me hacían interesantes.
En una de aquellas tertulias de anfiteatro,Miguelito, ni corto ni perezoso,me dijo que él escribiría un guión para mí,y que  yo sería el director que lo llevaría a la gran pantalla.Me limité a sonreirle y ofrecerle el culo de palomitas que me había sobrado.
Por aquel entonces el cine Avantia sucumbió a los intereses especulativos de una capital de provincia humilde que se desperezaba y a la que le surgían en el rostro edificios de oficinas y bingos, como el acné. Miguelito perdió su empleo, ése que le permitía observar mucho, muchísimo desde el interior de su taquilla – , y apenas si coincidimos una o dos veces más en la cola del INEM. Todavía me habló con la inocencia del recién parado de su guión, del filme prodigioso que habría de brotar de su cabeza y ser puesto a ojos del mundo a través de mi cámara .
Con el tiempo acabamos separados, distanciados por nada en especial, lo último que supe de él es que regentaba un quiosco de prensa y lo último que supo de mí es que comencé a trabajar de electricista. Aunque esta no fuera la última de mis ocupaciones; al primer calambrazo, el electrofóbico impenitente salió corriendo.

Años después me ganaba la vida, o la perdía, si no es perderla poco a poco acabar consumido por las desilusiones, como empleado de un videoclub. Coincidió con el boom del VHS y los taquillazos de acción, y tal y como predijo Miguelito Gimeno, las estanterías de cine para adultos – tras unas puertas al estilo de un saloon de western – resultaron atraer a una densa caterva de fieles. Por las noches, en la soledad del minúsculo apartamento cuyo alquiler consumía con ansia voraz gran parte de mi exiguo sueldo, yo seguía rodando en sueños los planos de una película imposible.

La televisión publica anunció los candidatos a los premios Goya,mientras reponía las nuevas cintas en las estanterías ocultas,escuché el nombre de Miguel Gimeno.Me volví hacia el televisor, allí pude reconocer a Miguelito  como candidato al mejor guión original.El taquillero del  cine Avantia.
Miguelito Gimeno ganó el Goya y la película fue un éxito,incluido el premio al mejor director,que evidentemente  era otro. Por mi parte, resistí durante meses la tentación de internarme en una sala de cine, como un espía anónimo, y ver en persona aquella traición en formato panorámico. Finalmente, cuando la versión para alquiler estuvo disponible en el videoclub, opté por el pase privado; pensé que era mejor despotricar en casa. Eso pensé. Pero en lugar de gritar, de maldecir, de vilipendiar al Bruto o al Judas que se escondía bajo la apariencia de Miguelito Gimeno, lloré.
Me deshice en lágrimas durante noventa minutos. Aquella película hablaba en un lenguaje a ratos brutal, a ratos en susurros que sólo acallando el alma podían hacerse oír; la historia se tornaba enrevesada como un intestino y en realidad hablaba de la simplicidad de la vida. Miguelito Gimeno había firmado una obra maestra. Con los títulos de crédito dejé de odiarlo. No se puede odiar a alguien que ha observado tanto, tantísimo el mundo desde el interior de la taquilla de un cine desaparecido.

Sergio López Vidal (c)

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TITANES

Arrastra el tronco la savia de la resistencia eterna. La raíz que nos sostienen al primer grado y a nuestra línea directa. Hijo, ya no espero nada más: tan sólo llevar el ayer a cuestas y ver un nuevo amanecer. El titán que empuja carros y generaciones se afeita cada mañana, huele a loción aplicada a bofetones y a peluqueria de viernes. Va callado y queriendo seguir. Y seguirá.

 

Sergio López Vidal ©

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