El Goya

A los dos nos unía la pasión por el celuloide.La monotonía de nuestras vidas se tornaba en un mundo multicolor justo cuando se apagaban las luces y del proyector emanaban los primeros fotogramas.Él desde su puesto en la taquilla del cine Avantia, que le permitía observar muchisímo -como un naturalista imagino-.Yo como asistente fijo a la sala en el día del espectador.Así fue forjándose nuestra amistad entre críticas cinéfilas y butacas de terciopelo.

Yo soñaba con ser un director de renombre;Miguelito siempre hablaba del futuro de la industria del cine:”No lo dudes Manolo el futuro es el cine de adultos”. Pero a mí ni las prospecciones futurológicas ni filmar el sexo explícito se me hacían interesantes.
En una de aquellas tertulias de anfiteatro,Miguelito, ni corto ni perezoso,me dijo que él escribiría un guión para mí,y que  yo sería el director que lo llevaría a la gran pantalla.Me limité a sonreirle y ofrecerle el culo de palomitas que me había sobrado.
Por aquel entonces el cine Avantia sucumbió a los intereses especulativos de una capital de provincia humilde que se desperezaba y a la que le surgían en el rostro edificios de oficinas y bingos, como el acné. Miguelito perdió su empleo, ése que le permitía observar mucho, muchísimo desde el interior de su taquilla – , y apenas si coincidimos una o dos veces más en la cola del INEM. Todavía me habló con la inocencia del recién parado de su guión, del filme prodigioso que habría de brotar de su cabeza y ser puesto a ojos del mundo a través de mi cámara .
Con el tiempo acabamos separados, distanciados por nada en especial, lo último que supe de él es que regentaba un quiosco de prensa y lo último que supo de mí es que comencé a trabajar de electricista. Aunque esta no fuera la última de mis ocupaciones; al primer calambrazo, el electrofóbico impenitente salió corriendo.

Años después me ganaba la vida, o la perdía, si no es perderla poco a poco acabar consumido por las desilusiones, como empleado de un videoclub. Coincidió con el boom del VHS y los taquillazos de acción, y tal y como predijo Miguelito Gimeno, las estanterías de cine para adultos – tras unas puertas al estilo de un saloon de western – resultaron atraer a una densa caterva de fieles. Por las noches, en la soledad del minúsculo apartamento cuyo alquiler consumía con ansia voraz gran parte de mi exiguo sueldo, yo seguía rodando en sueños los planos de una película imposible.

La televisión publica anunció los candidatos a los premios Goya,mientras reponía las nuevas cintas en las estanterías ocultas,escuché el nombre de Miguel Gimeno.Me volví hacia el televisor, allí pude reconocer a Miguelito  como candidato al mejor guión original.El taquillero del  cine Avantia.
Miguelito Gimeno ganó el Goya y la película fue un éxito,incluido el premio al mejor director,que evidentemente  era otro. Por mi parte, resistí durante meses la tentación de internarme en una sala de cine, como un espía anónimo, y ver en persona aquella traición en formato panorámico. Finalmente, cuando la versión para alquiler estuvo disponible en el videoclub, opté por el pase privado; pensé que era mejor despotricar en casa. Eso pensé. Pero en lugar de gritar, de maldecir, de vilipendiar al Bruto o al Judas que se escondía bajo la apariencia de Miguelito Gimeno, lloré.
Me deshice en lágrimas durante noventa minutos. Aquella película hablaba en un lenguaje a ratos brutal, a ratos en susurros que sólo acallando el alma podían hacerse oír; la historia se tornaba enrevesada como un intestino y en realidad hablaba de la simplicidad de la vida. Miguelito Gimeno había firmado una obra maestra. Con los títulos de crédito dejé de odiarlo. No se puede odiar a alguien que ha observado tanto, tantísimo el mundo desde el interior de la taquilla de un cine desaparecido.

Sergio López Vidal (c)

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