CUENTO DEL SUR

Desde que el invierno había cedido el santoral a las
onomásticas primaverales, a pesar de transitar las calles de una ciudad
de natural ventosa, los paseos de Arcadio y la ucraniana Anna Fedorova, asidos de la mano, regados de espontáneos besos, habían escapado del presidio del anonimato y puestos en boca de todos. La relación había
salpicado de matices, de pequeños cambios que en su totalidad suponían una transformación mayor que la suma de sus partes, a cuantos orbitaban alrededor del Bar Catalina,donde Anna comenzó a trabajar; Arcadio aplicó una
nueva prerrogativa a su existencia. Se abandonó al amor de aquella
valkiria del Este, de ojos gatunos y acento hipnótico. Podía leerse en el
prospecto del mejunje que utlizaba para oscurecer las canas, en la posología de las pastillas azules para rendir batalla en la trinchera del lecho.
Anna Fedorova paladeó el mundo más allá del sórdido pasillo de luces
rojas, de donde la rescató el maduro gaditano,jugando al mismo juego de sonrisas y miradas tras la barra del bar. Se la veía intangible, elevada a un altar prohibido para los asiduos del carajillo que acometieron la visita al Bar  Catalina con la misma gravedad que la asistencia a misa – sin perdonar un día,participando de la liturgia secreta de admirar su silueta desprendida .

Tomás,dueño del local, se despojó sin tardanza del sonrojo, y entre unos, equis y doses quinielísticos se permitió de tanto en tanto una chanza de cromatografía verdosa. Podía calibrarse en el nivel de la botella de colonia a granel, en el tiempo de acicaladura frente al espejo del baño.

Coherente con la gravedad del estado amoroso, rendido al efecto Pigmalión de las caricias esteparias Tomás asumió necesario levantar acta notarial de los sentimientos que albergaba. Barruntó que dos hijos mayores – bien criados, bien casados y bien empleados – no requerían ya de él mayor atención que su afecto. Por el contrario, le fue difícil cuantificar el cargamento de arrumacos que le sobrevendría al asegurar el porvenir de Anna Fedorova poniendo el Bar Catalina a su nombre. Y así lo hizo.

Anna Fedorova observaba el diligente trabajo de dos operarios, afanados en descolgar el antiguo letrero rotulado de un bermellón desgastado que rezaba «Bar Catalina». Sonrío con los
brazos en jarra, el busto henchido que se ofrecía con un ángulo privilegiado a los trabajadores encaramados a la escalera, mientras éstos fijaban el nuevo cartel. Sus ojos verdes, profundos, brillaron sin disimulo cuando leyó, junto al dibujo de una muñeca de estilo ruso, «Bar Emperatriz
Catalina».

Arcadio dobló la última esquina a tiempo de contemplar la escena, admirado del giro inesperado que a veces toma la rutina más asentada. Se acercó sonriente a Tomás, apostado en la acera de enfrente, posándole una mano sobre el hombro mientras sostenía el periódico aún caliente bajo el brazo opuesto.
No le dio tiempo a hablar.
– No me deja entrar – musitó  como un alma en pena.Arcadio retiró la mano,afectado,temiendo que aquel destierro fuera contagioso. Trató de recomponer el gesto y tender una mano al tabernero. Palmeó su espalda con suavidad, pero sin descuidar su
vista de la entrada del renacido Bar Emperatriz Catalina.
Le preguntó por lo ocurrido.
Tomás  se encogió de hombros, reprimió un sollozo y
exclamó:

– No lo sé. Sólo me ha dicho «Ahora todos fuera…»

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