CUENTO PROFESIONAL

Observó la espalda desnuda de la concejal de Cultura, la curvatura generosa de sus caderas hundiéndose entre las sábanas de la cama, y no echó en falta un segundo asalto. En realidad hasta se arrepentía de haberse acostado con ella, sobre todo porque la tendría en su habitación toda la noche,
y se arrepentía absolutamente de
haber hecho la pregunta. ¿Cómo se le ocurrió? Fue en mitad del acto,
obnubilado quizás por sus ojos verdes, tan pagado de sí por la euforia de un nuevo cheque y una nueva muesca en su pene.

– ¿Lo has leído?

– ¿Si he leído qué? ¡Uf! No pares…

– El relato, qué va a ser… ¡ah! …lo has leído, ¿no?

– No, de eso se encarga… ¡uf! …el jurado…

– Pero, oye… ¡ah! …tú formabas parte…

– ¡Lo mío es firmarte el cheque, nene!

¡Uf! …no pares y
gánatelo…

Ahora se vestía en silencio, con cuidado de no despertarla, y
se dispuso a quemar la noche a base de buen güisqui en el bar del hotel. Cuando llegó a la barra encontró al presidente del jurado, que había cambiado el anisete por el vodka con tónica.
– ¡Hombre, Sebastián! Le invito a una copa.
Sus ojos estrábicos y vidriosos a causa del alcohol le resultaron perturbadores. Pidió un escocés con hielo y se acomodó a su lado.

– Quiero hacerle una pregunta… – dijo concentrándose en el vaso de güisqui recién servido.

– Usted dirá.

– ¿Qué le pareció?

– ¿La concejal? Bueno… ¡exquisita!
Triunfa usted en todo, qué suerte.

– Hablo del relato. De mi relato.

Sentía que el cheque había comenzado a pesar en su bolsillo, que poco a poco adquiría una consistencia marmórea y temió por las costuras de su chaqueta arreglada a medida.

– ¡Ah! El relato… en fin, usted entenderá que se han recibido más de mil cuentos y claro… el jurado se reúne tan sólo una vez, comemos juntos, después la sobremesa se alarga…
¡Qué le voy a contar a usted, que es un cuentista profesional!

– ¿Quiere decir que no lo ha leído? Pero, vamos a ver…
¿nadie ha leído el relato? ¿Cómo lo han premiado?

– Oiga, Navas, con un currículum como el suyo y parece que es nuevo en estos lares… La secretaria del ayuntamiento abre las plicas, selecciona a los autores más premiados, indaga un poco en Internet… esto es muy importante hoy en día, ya sabe, y el jurado otorga el premio al escritor más laureado.
Hay que justificar el presupuesto
municipal, claro, no se va a premiar a un mindundi – el presidente del
jurado apuró la copa de vodka -. Usted lo tenía todo hecho, claro, es un narrador fuera de serie, el listado de sus premios nos dejó anonadados…

Sebastian Navas observó impasible cómo el presidente del jurado
se levantaba y se encaminaba tambaleante hacia uno de los
ascensores.

– Me voy a dormir, Sebastián, mañana tengo que formar parte de otro jurado…

– ¿Y qué debaten, si puede saberse? – preguntó Navas.

El presidente del jurado se giró, y el estrabismo de su mirada pareció diluirse y concentrar sus pupilas oscuras en los ojos estupefactos de Sebastián.

– ¡Hay mucho que decidir, no crea! Para no ir más lejos, usted casi se queda sin premio …usted remitió el relato con fuente Arial… las bases especificaban claramente que el relato debía presentarse en Times New Roman… – agitó un dedo raquítico en el aire mientras las puertas del ascensor se abrían.
Sebastián Navas escuchó las últimas palabras del presidente del jurado antes de que las puertas se cerraran nuevamente.

-…agradézcamelo…agradézcamelo.

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