CUENTO SOBRENATURAL

AHÍ LA TIENE, yo no puedo evitar un escalofrío cada vez
que la veo… ¡es su viva imagen!
– ¿La viva imagen de quién? – preguntó Granados mirando de
frente, de perfil, de soslayo y guiñando un ojo, el manchurrón de la
pared.
– ¡De San Nicodemo! ¿Acaso es usted ciego? – preguntó la
señora, pasando la palma de la mano de un lado a otro frente a la
cara incrédula de Granados, que se apartó a un lado y desenfundó la
cámara réflex con un suspiro tan hondo que llegó al piso de abajo.

– ¿Y ha ocurrido algo más aparte de la mancha? – preguntó el
periodista, pensando ya en resolver el asunto por la vía rápida y salir
escopetado en dirección a su ruinoso cubículo en la redacción, escribir
cuatro párrafos y fichar a la salida -, ¿se oyen ruidos?, ¿cambia
bruscamente la temperatura?
– Bueno, ahora que lo dice, la gentuza esa del bar de abajo
está armando más escándalo que de costumbre… Y yo, últimamente
siento unos calores muy fuertes, como un sofoco. ¿Cree usted que
todo eso tiene relación con el santo?
Granados miraba ya a través del objetivo de su Minolta y no
se molestó en contestar, simplemente arqueó los hombros y comenzó
clic, clic a fusilar la mohosa aparición de la pared de la cocina.

– ¿Y cuándo ponen el programa? – preguntó la señora, de
pronto.

Granados se esforzaba por encontrar un ángulo decente de la
mancha, alguna perspectiva lo suficientemente parecida a algo, a San
Nicodemo o a un señor bajito montando en bicicleta, lo que fuera,
pero el trabajo era condenadamente difícil.

– ¿Qué programa, señora? – Granados no entendió la
pregunta, y se preguntó si tal vez se había quedado dormido de
nuevo.

– ¡Pues el de televisión! ¿Cuál si no? Digo que cuándo saldrá
el santo por televisión. Si es a las cuatro de la tarde tendrán que
cambiarlo, porque a esa hora tengo la telenovela del canal tres…

– Señora, esto no es para la tele. Yo trabajo para una revista.
Esto saldrá publicado en el quiosco.
La señora de la mancha en su cocina no escondió un gesto de
disgusto; su yerno tenía video y podía haberle grabado el prodigio.
Una revista le pareció poca cosa.
– ¡A esa mujer de Bélmez la sacaban por televisión día sí y día
también! – protestó la señora – y no me dirá usted que San Nicodemo
se merece menos…
Granados Melgarejo observó a su paciencia dar un salto y
echarse a la carrera, y si hubiera tenido un volante lo hubiera
golpeado con ambas manos como un repartidor de mensajería rápida
en medio de un atasco.

– Oiga, señora, no es por ofender… pero su santo no está del
todo definido. A lo mejor hay que dejarlo en barbecho unos días, para
que cuaje – afirmó con malicia.
La señora de la mancha se encendió de indignación.
Granados se temió lo peor; las guerras más encarnizadas se han
librado por fanatismos religiosos. En ese momento sonó el timbre de la
puerta y el periodista se vio salvado por la campana.

– ¿Qué hora es? – preguntó la señora, y se contestó ella misma
– ¡las once!
La señora se marchó sin mediar palabra y al instante volvió
acompañada de tres mujeres que portaban estampitas del santo,
rosarios y alfileres en sus chaquetas de punto.

-Vamos a rezarle al santo – afirmó la señora muy ufana,
disponiendo las sillas de la cocina frente a la mancha de la pared –
haga usted el favor de retratar al santo y no molestar, que esto es una
cosa muy seria.
Granados asintió con la cabeza y se mordió la lengua; eran
cuatro contra uno. Las beatas se acomodaron en las sillas y
comenzaron a rezar en voz baja. La señora de la mancha se adelantó,
junto las palmas de las manos y añadió:
– Todos los días, a las once en punto, el santo se lamenta y
llora.

A Granados Melgarejo le pareció que aquel pequeño grupo
sectario en torno a un mancha oscura en la pared era ya demasiado,
al menos lo suficiente para cubrir un cuarto de página con cuidado de
no desmerecer del todo el poco crédito de sus artículos, y se dispuso a
marcharse.
Pero en aquel instante lo escuchó; era un gemido agónico,
sobrecogedor, como si alguien soportara sobre sus hombros todos los
pesares del mundo y que parecía filtrarse directamente a través de la
pared.
– A veces parece que aúlla… – apuntó la señora de la mancha,
toda ufana, apreciando el cambio de expresión en el rostro de
Granados Melgarejo.

El periodista se sintió avergonzado de haber dudado de la
mancha oscura y, a tiempo de no perder la ocasión de capturar el
prodigio, extrajo de uno de los bolsillos de su chaleco patentado de
reportero una grabadora digital.
– Ave María, llena eres de Gracia… – exclamaron todas las
mujeres a la vez.
Un sonido sibilante siguió a los lamentos del santo, y de sus
ojos – Granados se esforzó por ubicar los ojos en algún punto de la
mancha informe – brotaron lágrimas.
Granados apostó de nuevo un ojo tras la cámara y clic, clic se
desató en un sinfín de fotografías del portento.
Tras él, una de las beatas preguntaba en voz baja cuándo se
emitiría el programa.
                                ***
– ¿BAJA USTED? – le preguntó un señor orondo, que
ocupaba la mitad del camarín del ascensor.
Granados Melgarejo confirmó que compartían el mismo
destino, la planta baja, y se arracimó en el ínfimo espacio que
quedaba por ocupar.
– ¿Vive usted en esta finca? Su cara no me suena… – inquirió
el señor orondo.
– Soy periodista – respondió Granados – ¿conoce usted a la
propietaria del cuarto derecha?
– ¿La beata? – apostilló el señor orondo con sorna – ¡no me
hable! Ahora les ha dado por rezar todos los días justo cuando me
escapo de la oficina para ir al excusado. Soy de tránsito lento, ¿sabe
usted? Y no vea… los tabiques son de papel y no es plato de gusto
aposentarse en el trono entre avemarías y padrenuestros.
Granados Melgarejo sintió desencajada la mandíbula.
– ¿Se encuentra usted bien, muchacho? – preguntó el señor
orondo, con gesto preocupado – le veo a usted macilento… Eso va a
ser el vientre, ¡se lo digo yo!
Granados se limitó a sonreír, observó que las puertas del
ascensor se abrían en el descansillo de la escalera y se limitó a decir:
– Debería usted revisar las cañerías del baño…
El señor orondo arqueó las cejas.
– … igual tiene una fuga.

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