Crimen perfecto

El saxofón de John Coltrane se filtraba a través de la puerta cerrada del despacho, atenuando su jazz contra la madera áspera mientras unos dedos se afanaban en trasformar las notas en palabras golpeando las teclas de una máquina de escribir Olivetti. Tras una ventana cerrada, el tráfico de una mañana laborable era ajeno al
crimen que se cometía en el capítulo octavo de una inédita novela negra.
La música de jazz había dejado de sonar, y el golpe sordo de un premio literario con forma de busto de Ernest Hemingway esculpido en bronce contra un cráneo tuvo una réplica grotesca cuando el cuerpo sin vida de su mujer se desplomó en el suelo.
Hubiera jurado que una última frase se añadió al folio inacabado que atragantaba a su vieja máquina Olivetti.

Sergio López Vidal(c)

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ASUNTOS PENDIENTES

Luisa suda  los asuntos pendientes por los poros de la traicionera prisa mientras sube la cuesta camino a casa por recomendación médica. Resopla los innecesarios sacrificios pendiente arriba, y descarrila la carga superflua de tener un poco de cartucheras. Y recarga cartuchos de sal para el ínclito doctor. Le arden tanto los lóbulos de sus orejas, que se arranca desesperada, los pendientes de aquel novio traidor. Cartuchos de plomo.Vuelve a tomar aire mientras otea lo recorrido, y la vida pendiente por vivir de una vez.Independiente Luisa.

Sergio López Vidal(c)

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Una vaga debilidad

El vagabundo es seducido por la sedentaria necesidad de reconocerse en los lugares comunes;ahuyentando los miedos a la vuelta de la esquina conocida.Los límites del mundo son ahora lo cotidiano y la rueda de la fortuna gira como un eterno carrusel de verano.Las palabras ya no valen sólo para despedirse.Y empieza a conocer un dolor que le agota.Abandona primero,la habitación pintada de un mismo color.Arroja las llaves de su memoria al espacio exterior.Y se sumerge en el incognito mar.Porque ese es su estilo:El rumbo perpétuo.
Que vagueé  el mundo.Él no.Nosotros los tristes vagamundos.

Sergio López Vidal (c)

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JUEGOS DE ENTRESUELOS

Por la fachada sube el pan en holgazanas poleas,que fian por consuetudinario acuerdo y sisan por necesidad.El ladrillo visto viste de igualdad y disfraza las mentiras,que son la argamasa de este olvidado ensanche.Se tabican los ventanos con almenas que simulan la meláncolica estética,pero no dejan de ser un mundo hecho a medida de cada soberano.Impermeabilizada la común terraza,los oscuros secretos se tamizan en el hormigón de una vecinal omertá.En los descansillos las distancias son tan lejanas como los rencores de puerta a puerta.
Fregada la escalera por turnos,se convoca la junta.Y se invocan las cuentas con las afiladas lenguas en alto.

Sergio López Vidal (c)

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LA ENTREVISTA

Se muerde la lengua con el gesto de una rabia contenida en ademanes exagerados de un sobrante traje de corbata. El mundo de Eduardo gira ya tan deprisa que mezcla los colores de su bola de  cristal  con el gris de la realidad. En la hora de dejar de jugar es cuando hay que ganar más que nunca, y Eduardo se muerde las  uñas que no tiene. El mono parlante gesticula, pero Eduardo ha dejado  de escuchar. “Le llamaremos”.Se muerde el labio leporino, de natural más sarcástico, y sonríe porque ha aprendido a defenderse de la reiterada decepción.Aflojado el nudo gordiano de la existencia,Eduardo corbata en mano muerde la esperanza y vomita tropezones de amargura.

Sergio López Vidal  ©
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NALÚ

Yo era un párvulo morocho, miope de pies planos, peinado con raya en medio y el mechón rebelde de la frente sujeto con maternal saliva y pulso diestro. Ana Luisa, Nalú, era desde la cuna un agravio a la belleza, física y espiritual, de todo cuanto recababa a su lado, por inconsciencia o accidente, enfrentado a la comparativa que era una batalla perdida de antemano; de bebé repollo enrabietó a las otras madres, de niñita con pollera y trenzas soliviantó a sus compañeras y amargó el esperanzador divorcio a una maestra cuarentona;de universitaria con chaqueta de lana y puño en alto repercutió con mayor firmeza en las atolondradas mentes de los muchachos revolucionarios que las consignas que les marcaban sus líderes desde los libros rojos o las verdes selvas.
Para mí, era como la luna. Dicen que se formó de nuestro mismo planeta, que no es ajena. Que no hay misterio en su cara oculta. ¡Qué sé yo! Pero desde que el hombre es hombre, y la mujer es mujer, nos han fascinado, la mujer y la luna, digo, con igual entusiasmo.

En fin, algo deberían de tener, Nalú y la luna, que me tuvieron arrebatado una vida entera, y todavía me estremezco con el recuerdo de verlas surgir, a ambas, por el extremo del malecón al caer la tarde; conservo nítido el recuerdo de sus colmillos sedosos desgarrándome la yugular aún palpitante. Nalú libando de mi sangre como de una amapola, y yo observando la luna enquistada en el tul del cielo.

Sergio López Vidal(c)

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ALERGENOS

Nadia consulta los alérgenos del primer plato,y enumera catorce tipos.Sebas con disimulo cuenta los billetes de veinte para comprobar que podrá pagar la cena.En el menú predominan trazas de soja y huevo.Y Nadia traza la delgada linea roja de la aprensión.Sebas,ya con cara de huevo,es consciente de que además de la cartera vacía volverá a casa con la barriga en el mismo estado.Nadia es preciosa,pero tan precavida que la belleza se deprecia por incomoda;y Sebas sólo tiene ojos para el abultado precio de la velada.Un atento camarero pregunta si puede retirar los intactos platos.Nadia dice sí,aliviada.Sebas dice no,y pide un táper para llevar.Por primera vez en toda noche se miran a los ojos.La cita deja de ser ciega.Y sonrien.Nadia,muerde sensualmente un huevo relleno de oca;Sebas,ensimismado da una generosa propina al camarero,que tímido ante la escena,pregunta si querrán el postre.No… sí…Nadia y Sebas.Vuelven a sonreir.

Sergio López Vidal(c)

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LA PISTA ADECUADA

Se traza una imaginaria elíptica   entre  el anhelo y la decisión. Y Manuel se desliza con el filo de dos cuchillas, que garabatean sobre el firme un torpe bucle infinito de dudas. Teme caer en el frio desamor del rechazo. No sabe como sortear el glacial iceberg que lo separa de Fátima.Duda,y cae. La sonrisa de la ágil Fátima levanta al magullado Manuel.Se congelan las mutuas miradas tanto,que ya sobran las palabras.Tan sólo queda patinar.

Se rompe el hielo en la pista adecuada.

 

Sergio López Vidal  ©

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LA SERIEDAD DE TU ROSTRO

Dar la vuelta al colchón para estrenar penurias de segunda mano, y tapar las miserias que se dibujan en siluetas perennes de mugre y orina. Notas comunes en el desahuciado laberinto de mi entendimiento y en esta ala perdida de un impersonal edificio. Me duele la piel por las correas que coartan mi libertad, mientras endurecen la puerta de los sueños con el hormigón de mil píldoras, que intento esconder como un estúpido pelícano. La marea lobotomizada inunda pasillos y juega a palmas como único ejercicio sociable. Yo que vi la luna en Montparnasse , y te robé besos eclipsados por mejillas enamoradas, ahora veo su cara oculta en un lavabo comunitario, mientras tu rostro que tanto retrate, se difumina a mi pesar en el vaho inmundo que aquí todo lo empapa. Alargo con mi dedo índice las gotas de vapor de lo que fue un espejo,para representar la seriedad de tu rostro entre tanta mueca grotesca.
                                                                                                                                                             “La felicidad es un ángel con rostro serio” –Amedeo Modigliani.Pintor y         escultor italiano(1884-1920)
Sergio López Vidal ©
modigliani

LA HORA DE LOS LOCOS

La chica triste siempre escribe en la mesa pegada al baño del café. Sólo interrumpe su concentrado trazo para mirar a través del cristal las ambulancias, que con sus feriantes sirenas cruzan la calle. Envidio su perseverancia en la tarea que sólo reconocemos los mismos locos.Yo la siento triste porque la belleza,siempre efímera,lo es más en estos tiempos oscuros. Pura cobardía por mi parte.Si no fuera así debería escribir los renglones de nuestra salvación.
Las ambulancias avisan del último bombardeo. Y ella vuelve a dejar de escribir.
Triste la siento.
Es la hora de los locos.
Escribo.

Sergio López  Vidal (2013)